"LLévame . . . velero"

      En la pista, un velero Schweizer 2/22 espera a su remolque, un viejo Stearman. Mientras llega se comentan las maniobras del vuelo anterior. Esta espera nunca es ociosa para los que aguardan el turno para volar. Las tareas se reparten y todos ponen empeño en su realización. El cielo se tiñe de rojo; el disco del sol se hace cada vez más dorado; el azul del cielo se torna de un tono violeta aterciopelado. El sol se hunde tras el horizonte, cuando un deseo, un querer interno se cristaliza y logro permiso para hacer un vuelo. El último de la tarde.

      Y es así que de simple espectador, me convierto en actor principal de este simpático y placentero deporte.

      Subo a la cabina, se cierra, ¡Ahí está el Stearman! Enganche. Pulgar arriba indicando OK y el motor ruge al máximo. Ya nos deslizamos por la gramilla.

      Breve carreteo nuestro y ..., ¡arriba! Nos encontramos a centímetros del suelo, mientras el avión de remolque sigue carreteando. Ahora sí, ya ambos nos deslizamos por el aire. El ruido del motor impide gozar de ese majestuoso silencio que -dicen- rodea al vuelo a vela.

      Al instructor no lo puedo ver puesto que ocupa el asiento trasero y las correas me sujetan de tal manera que no puedo desplazar el cuerpo. Su mano segura sigue llevando al Schweizer justo detrás del remolque. Seguimos subiendo, al llegar a los seiscientos metros oigo al instructor decir:

      -Bueno, dígale adiós al remolque, ahora vamos a volar, desprendemos el cable de arrastre.

      El pesado velero se detiene secamente. Nos encontramos flotando en el espacio suavemente, lentamente, blandamente, con modorra.

      ¡Qué plácida sensación de sosiego! ¡Cuánta tranquilidad reina en el espacio donde el ave es ama y señora! En un planeador las sensaciones se multiplican por cien, por mil. El silencio aturde.

      Allá arriba, a cientos de metros de altura, dos seres se funden con el velero y sus alas son las de ellos; sus corazones se agrandan y cubren los planos de punta a punta; los giros suaves, cadenciosos, los atrapan. Y se sienten aves.

      El instructor me permite pilotearlo, y con temor, con miedo a quebrar esa frágil nave de placeres, lo inclino hacia la izquierda. Frente a nosotros aparece el sol, más brillante que nunca. Tan cercano, que la proa lo hiende, y él, con su enorme bondad no se enoja. Otro giro, ahora a la derecha. Pedal, palanca, ahí se desliza dócil, manso, suave. Y así se traslada ese hermano mayor del ave, pesadamente, con todos sus movimiento en cámara lenta. Donde los segundos son horas y las horas son segundos. El volovelismo atrae, embriaga, subyuga, atrapa. Nos encierra en un mundo que la naturaleza nos negó. Es un mundo reservado en sus comienzos a las aves.

      Y eso es un planeador. Un ave. Un ave grande. "Mueve tus alas planeador, aunque sean fijas. Llévame a conocer ese tu mundo, que quiero que sea mio".

      "Corta sin miedo el aire y que tu proa bese otra vez al sol. Mantente así unos instantes. Gira, ahora que el sol nos llama para despedirse. ¡Hermoso velero! ¡Que importa que seas anticuado si aún le muestras a los jóvenes ese, tu mundo de dulce silencio! ¡Si aún tus alas,cargadas de años surcan el cielo como en tus años mozos! ¡Cuanta nobleza se anida en tu cuerpo! ¡De cuantos secretos nos haces partícipe! ¡De cuantos mundos nuevos nos entrega las llaves...!

      "Gracias Viejo Schweizer. Gracias".

      "No he aterrizado aún. Todavía estamos vagando por el azul del cielo. Sigo y seguiré buscando nuevas sensaciones...; esas que tú brindas. No he aterrizado, no quiero aterrizar, y te invito a que nos extraviemos juntos. Y otra vez gracias, muchas gracias viejo Schweizer."

Horacio Lamanna       
El texto de esta página fue extraído de una antigua revista "Aero Espacio".

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