Vuelo de montaña - Planear por el techo de América
por Jorge F. Bobzin

      Llega a mis manos "Andar extremo", a través de algunos relatos y cuentos que mi hijo Miguel escribiera sobre experiencias vividas en su entusiasta "carrera" de montañista aficionado. Y resulta que, a lo largo de nuestras actividades deportivas, hemos llegado a concretar un objetivo en común: el Aconcagua. En mi caso, el objetivo era llegar a sobrevolarlo en planeador, partiendo desde Santiago de Chile. Años más tardes, él se animó también al desafío, al intentar su cumbre ascendiendo por la ruta normal. Y aunque ustedes no lo crean, nos parece que ambas actividades tienen muchas en común...

      Vamos por partes: ambas actividades apasionantes, exigentes, y que a veces nos llevan hasta el borde de la supervivencia para poder llegar más alto, más lejos, más rápido y en lo posible hasta donde todavía nadie llegó. También tenemos en común un fuerte contacto con la madre naturaleza, estamos pendientes de la meteorología, y el compañerismo es fundamental, aunque para llegar al "objetivo", muchas veces estamos absolutamente solos. De la misma manera, los logros se recuerdan intensamente toda la vida...

      Algunas aclaraciones que vienen al caso: los planeadores son simplemente aviones sin motor, para uno o dos pilotos. Inician su vuelo remolcados aproximadamente 500 metros, una vez allí se sueltan y entonces comienza un vuelo independiente, silencioso y apasionante.

      Mediante corrientes de aire se gana altura y luego se recorren grandes distancias. Hay dos modalidades: vuelo de llanura, literalmente "surfeando" debajo de las nubes denominadas cúmulos; o vuelo de montaña, donde el planeador se desplaza aprovechando condiciones que se generan a partir del calentamiento de las laderas, combinadas con ondas y diversas corrientes de aire. Y es a partir de esta modalidad que quiero contarles una experiencia inolvidable, y que me hace sentir tan cercano a los montañistas.

      En 1988 la Federación Chilena de Vuelo a Vela, invitó a la Federación Argentina para transmitirnos a un grupo de 10 pilotos de llanura su vasta experiencia, y resultó un encuentro muy fructífero y de gran camaradería. Gracias a la especial dedicación de los pilotos chilenos aprendimos en pocas semanas un método logrado a lo largo de varias décadas de experiencia. En mi caso concurrí con un planeador "Nimbus 2", para la época era uno de los más avanzados del mundo. El plan de trabajo era gradual: inicialmente volamos en biplazas, luego en grupos de tres planeadores monoplazas, dirigidos por radio por un piloto local, más tarde en parejas, y finalmente concursamos individualmente en un campeonato.

      Hace más de 20 años estaba vigente en la actividad un reto, un logro formidable, casi mítico, que consistía en realizar un vuelo de más de 1000 km con autonomía total. Solo un puñado de pilotos en el mundo lo había conseguido tras intentarlo durante años. El vuelo en montaña era la promesa (algo así como un "canto de sirenas...") para poder concretarlo. En ese entonces no sabíamos que en Argentina, enfrascados en volar en nuestras inmensas llanuras, teníamos al alcance de la mano la mejor zona del mundo, en nuestra cercana Cordillera de los Andes... pocos años después un grupo de pioneros patagónicos investigó y abrió una puerta que hoy nos enorgullece, con vuelos de larga distancia a cargo de pilotos de todo el mundo que recorren varios miles de kilómetros en autonomía total, habiendo atravesado por ejemplo la Patagonia de punta a punta, llegando incluso hasta Tierra del Fuego!.

      Volviendo a Chile, además de aprovechar para aprender todo lo posible, casi sin buscarlo, entablamos amistades entrañables (de vuelta coincido con la experiencia de mi hijo...). Y en el transcurso de los vuelos, surge la posibilidad y el interés de concretar un vuelo especial: como en todo deporte, existen retos, objetivos especiales, y premios para los que lo logran. En el Vuelo a Vela se otorgan las "insignias" (pequeños emblemas), que dejan registros y certifican que un piloto ha podido concretar tales objetivos en particular. En aquella ocasión, todavía muy pocos pilotos en nuestro país habían podido llegar a una insignia consistente en ganar más de 5000 metros de altura, desde luego que utilizando únicamente la energía que provee la naturaleza. Para concretarlo, hacía falta por supuesto esperar condiciones meteorológicas especiales.

      Entre los preparativos, debíamos incluir el uso de oxígeno, además de aparatos de registro para certificar el vuelo, prepararse para un vuelo de 7 ú 8 horas de duración, prever una importante amplitud térmica durante el vuelo porque al decolar la temperatura era de más de 30 C, y durante el vuelo en altura descendió a menos de -30 C... cabe la aclaración de que es prácticamente imposible abrigarse una vez en vuelo, porque uno va amarrado a un arnés, y todo sucede en una cabina muy estrecha... que nos lleva a ser espectadores privilegiados de un paisaje imponente!. Sabrán apreciar en las fotos, lo que se vive allí arriba, como si estuviéramos tocando el cielo con las manos...

      Como condimento especial, quería lograr esta insignia volando frente al coloso que corona nuestra cordillera: el cerro Aconcagua, y si era posible, sobrevolarlo!. Finalmente, y para no aburrirlos, tras 7 intentos fallidos, el día 16 de enero de 1989 logré concretar el sueño de volar encima de la cumbre de América. Y de alguna forma, comprendí lo que motiva a tantos a hacer un esfuerzo tan grande para tener una satisfacción tan efímera... pero inolvidable.

      Mientras volaba a lo largo de la ladera norte, buscando pacientemente la corriente de aire que me llevara hasta el final de mi objetivo, en el proceso hice varias pasadas muy cerca de un campamento, que calculo estaría a algo más de 6000 metros de altura. Era casi el atardecer, por lo que supuse que allí se disponían a pasar la noche para hacer cumbre a la madrugada siguiente (haciendo un recorrido mental, y con ayuda de las fotos, convenimos con mi hijo que probablemente se trataba de uno de los últimos campamentos de altura de la vía del Glaciar de los Polacos). Para mi sorpresa, hubo contacto visual con los circunstanciales habitantes de la carpa, y nos saludamos con gestos varias veces... incluso creo que uno de los montañistas tomó alguna foto, sorprendido por tan extraña presencia. Mi primera impresión fue pensar "estos tipos están locos, a quien se le ocurre hacer lo que están haciendo...?". Inmediatamente me di cuenta que tal vez ellos estarían pensando exactamente lo mismo de mí... me sentí literalmente hermanado y con ganas de dar un abrazo a estos compañeros ocasionales de una experiencia tan intensa. Tal vez alguno de ellos esté leyendo este relato en este momento... Si es así, algún día me gustaría conocerlo.

      De regreso en Santiago, agotado después de la ardua jornada, verifiqué los registros para estar seguro de poder homologar el vuelo, y desarmé el querido "Nimbus" porque a la mañana siguiente regresaba a Buenos Aires con mi familia, que me acompañó en aquella aventura. Había logrado mucho más de lo que me había propuesto.

      Hoy mis hijos ya son grandes, y la actividad de vuelo que realizo es bastante más tranquila: soy instructor de vuelo en planeador, y así como mi padre me transmitiera el gusto y el placer por volar, tengo el gusto de poder compartir algo de todo esto con mi nieto, que empieza a formarse poco a poco como piloto. Y queda en el tintero, por que no, poder incursionar con mi hijo en alguna montaña...


                 


Junín - Bs. As. - Argentina