El relato de un récord - Cuando los sueños son realidad
por Manuel Fentanes

      Todos los volovelistas pensamos alguna vez en batir algún récord, y pocos tienen la suerte de que se les haga realidad. Pero un récord no se bate con solo un deseo, sino que exige además un buen entrenamiento, estudio de la zona a sobrevolar, y algo más que una simple ojeada a la ruta y a la carta 1:1.000.000.

      Hacía tres años que se me había ocurrido intentar con el "Foka" que tenía asignado el vuelo Merlo-Curuzú Cuatiá que creía factible en un día con cúmulus y detrás de un frente frío con aporte del fuerte viento sur.

      El año pasado, se presentó un sábado con estas características, y junto con Gutiérrez Burzaco salimos en los dos "Skylark III" con ese destino, aunque había sido yo más ambícioso y había dado Mercedes, (Corrientes) debido a que Rodríguez Ponce había mejorado la marca al unir Córdoba con Santa Rosa (575 km) y ya Curuzú Cuatiá estaba dentro de ese límite.

      El vuelo fue fácil pero ambos tuvimos que aterrizar cerca de Monte Caseros por alcanzar la "cola" del frente que había pasado a la madrugada por Buenos Aires. El obtuvo sus 515 km y su "Diamante", y yo por un error de mi brújula, aterricé a 486 km creyendo que había superado los famosos 500. También contribuyó al error el simple hecho de que la impresión de la plancha con el dibujo de los ferrocarriles y caminos de mi vieja carta aérea, estaba corrida cinco centímetros a la derecha, haciéndose muy difícil la localización de los puntos claves para la navegación.

      Este desencanto contribuyó a que luego pasara muchas horas estudiando la carta aérea de memoria y que se renovaran los deseos de intentar la empresa.

      El sábado 21 de enero me levanté a las 7 hs y el aire de Merlo estaba claro y despejado. Un viento suave pero persistente del sector sur indicaba que en horas de la noche había pasado un frente, que había barrido los nubarrones del atardecer del viernes.

      Empecé a preparar el "Foka" con intención de intentar un triángulo de 200 km, pero el "Vocal Deportivo" me informó que no tenía disponible el velero ese día, sino a partir del domingo, pues mi intención era entrenarme para el Campeonato Nacional que se iniciaría el sábado siguiente en Pehuajó.

      Resignado, retiré todo el material, pero advertí de que mis brigadieres del Standard Austria "SH" ("El Tigre") no vendrían temprano, y Rolf estaba de guardia en su casa a disposición de "Su Compañía" (por estos años "Su Compañia" era Aerolíneas Argentinas).

      Renovado el entusiasmo, llevé mi bolso de plomo (8 kg) al "SH" y lo coloqué tras el asiento. Comprobé las pilas del variómetro electroacústico y del giro y ladeo, incluí el bolso con las estacas, espejo, cartas, computador, etc., y Alberto Aráoz me chicoteó hasta la pista con su "VW".

      A esta altura del día ya había cambiado de parecer al ver aparecer los cúmulus a todavía muy baja altura, pero que pronosticaban un excelente día para cruzar el Delta del Paraná y volar sobre Entre Ríos. Me estaba decidiendo por un prefijado a Concordia (360 km), que estimaba un vuelo fácil y un puntapie seguro para el ránking que punteaba Rolf con dos récords nacionales en su haber, hacía apenas dos semanas. Especulando con estas ideas, nos pasa el camioncito del "Cóndor", que chicoteaba el Ka-6, que corría en la punta del ala de nuestro pintoresco "Gallego" De la Natividad. Con su habitual desenfado me grita: -¡Oye flaco! Este es tu día, ¿eh? Así que vas a Merzedez.

      Le respondí que no, que el viento no era tan fuerte y que el "plafond" todavía era muy bajo y que el día no me gustaba del todo. Me dijo: ¡Vamos, hombre! Déjate de pavadas, con ese "Tigre" llegas hasta La Quiaca, tu das Merzedez y na más...

      Que sí, que no, De la Natividad tuvo más argumentos y una vez llegado a la cabecera inscribí en la ficha verde: Destino Prefijado: "Aeródromo Mercedes, (Corrientes), 616 kilómetros", y la entregué al fichero.

      Me preparé para el envuelo, pues el "Ranquel" ya estaba listo y a las 10:40 el "Tigre" despegaba a los tumbos y unos segundos después el "Clack" del tren retráctil apagó el zumbido del viento en el interior del fuselaje. El variómetro acústico comenzó a aullar y la aguja indicaba un ascenso suave y sin golpes de térmica todavía.

      A 500 metros pasamos bajo un cúmulus en formación y el aullido del variómetro se hizo penetrante y, automáticamente, solté el remolque. De inmediato el aullido se transformó en un "Wooooo..." que me indicaba que había salido afuera de la térmica. Vuelta a buscarla hasta que un "Ujüüi..." persistente me decía que la estaba centrando. Un medio metro me llevó trabajosamente a 750 metros de altura y ya estaba alcanzando la base de la nube y nuevamente la térmíca desapareció. Corrí a 140 km hasta el próximo cúmulus y enganché otro medio metro que me llevó a 800 m. Miré hacia el aeródromo y vi a un "Standard Austria" aprestándose a decolar. Sabía que era Macarrón a quien debía esperar para realizar el vuelo en conjunto. Sin embargo, decidí esperarlo arriba de Zárate, para vigilar la posibilidad de un cruce más seguro, ya que la base de los cúmulus era de 800 a 900 m y no era altura suficiente para nuestra seguridad.

      Así las cosas, y siendo las 10:58, decidí largarme con viento de cola. Un largo planeo, aprovechando el suave "tiraje" de los cumulitos que no eran virables todavía, me llevó con 600 m sobre la Base "Mariano Moreno". Recordé que allí se disputaba el Campeonato Sudamericano de Aeromodelismo y que muchos buenos amigos estarían viendo el "Tigre", así que saludé insistentemente hasta que enganché una ascendente de un 1 m/s que me introdujo adentro de un cúmulus hasta 900 m. Volví a saludar y me alejé con rumbo corregido, pues el viento me empujaha hacia el Delta con una velocidad de 25 km/h.

      Aquí empezaron las dificultades, pues las térmicas se debilitaban y los cúmulus no "tiraban". Me acerqué hasta la pista de un establecimiento de pollos, para tenerla cerca por sí tronaba. A 500 metros enganché un 1 m/s que me llevó hasta los 650 m y me alejé con rumbo hacia el norte, donde distinguí una nube mayor que me llevó hasta los 800 metros nuevamente, pero quedé al sur de Campana y no estimé conveniente cruzar por ese sector del Delta y con tanta inseguridad. Puse rumbo oeste y rodee la zona hasta llegar a Zárate. Allí esperé 10 minutos más a Macarrón, pero estimé que si no cruzaba en seguida esa demora podría ser fatal para el final del día, pues para un vuelo tan largo los minutos son preciosos.

      Un gran hongo se formó sobre Zárate, y decidí cruzar bajo su sombra el Delta hasta que se disipara. Pude acompañarlo hasta la mitad del cruce y cuando ya se empezaba a desintegrar distinguí unas cigüeñas virando bajo otra nube más al norte. Puse al "Tigre" en 150 km/h y cuando iba llegando a la nube, las cigüeñas también tomaron rumbo norte. Me corrió un escalofrío por la espalda, pues como lo había previsto ya no había térmica en esa nube, corrí a la segunda y perdía altura rápidamente, y tampoco "tiraba" puse rumbo a la tercera, ya con 500 m, y ahí el aullido del variómetro se me antojó el Aleluya, de Háendel, pues volví a los 950 m nuevamente, aseguraban un seguro pase a tierra firme. Creo que el susto, y el frío que estaba sintiendo obraron en conjunto para descomponerme. Los síntomas ya eran conocidos y vienen con unos enormes deseos de descender y terminar el vuelo. Sabía que seguiría una hora de torturas en la que se mezcla el hastío con la rabia, las náuseas con la voluntad de seguir, los calambres en las piernas con los deseos de cobrar más altura para continuar el vuelo.

      A la altura de Gualeguaychú el frío se me hacía intolerable y una bolsita de "Su Compañía" que el Comandante Mattanó debió haber puesto en el bolsillo lateral para esas eventualidades, salvó al "Tigre" de un desastre menor.

      Me despojé del paracaídas y de los cinturones y traté de colocarme la chaqueta que tenía envuelta en la nuca. La manga izquierda no fue problema, pero colocarme la derecha me demandó unos 20 minutos de esfuerzos, donde el velocímetro corrió locas carreras entre 50 y 160 km/h, y cuando ya estaba a punto de lograr meter la mano, una térmica me obligaba a suspender la operación para cobrar altura y proseguir la maniobra. A1 fin conseguí correr el cierre y abrocharme el arnés del paracaídas y los cinturones de seguridad. Cuando terminaba esta operación ya estaba sobrepasando Concepción del Uruguay, y avistaba Paysandú y Colón. Comprobé los rumbos y la hora. Eran casi las 16 y estaba evidentemente atrasado. Supuse que ya no llegaría a destino, pero me conformaba con aterrizar en la estación siguiente a Monte Caseros para cumplir los 500 km del "Diamante". Me dediqué con más ahínco a tratar de ganar tiempo y a volar correctamente. A la altura de Concordia, alrededor de las 17 hs se cortaba a pico la formación de cúmulus y continuaban unos 30 kilómetros más adelante. A1 llegar al final de la formación, pensé que no llegaría al otro extremo con los 1.200 m de altura que me daba el "plafond". Al hacer un viraje distinguí unos 5 kilómetros más atrás un gran hongo, y decidí desandar el camino y tomar altura dentro de él. Llegué y enganché una ascendente de 2 m/s que luego se hicieron 3 m/s. Cobré 1.500 metros y salí casi por el tope, y también ya llegaba al límite de la línea de nubes. Volando en rumbo y a la óptima (105 km/s) traté de llegar hasta la próxima barrera de nubes. En todo el trayecto me acompañó una calma chicha y ningún golpe térmico, por lo que empecé a localizar una pista para dejar a buen recaudo el precioso "SH". Ya con 400 m me di cuenta que no alcanzaría la próxima barrera de nubes y como no había pista a la vista proseguí en rumbo. De pronto el aullido del variómetro me llamó a la realidad y escoré al "Tigre" furiosamente para no perder la turbulencia y pequeña ascendente que tenía en ese instante. Lenta y trabajosamente fue cobrando altura el "Tigre", hasta alcanzar los 1.200 m.

      De ahí a la primera nube todo fue fácil, y el vuelo siguió con buena suerte, hasta las cercanías de Monte Caseros, donde ya los cúmulus se deshilachaban, pues el día tocaba a su fin. Con 1.100 metros y ya sin ascendentes fuertes me fui acercando a Monte Caseros con intención de pasar al próximo pueblo que me aseguraba los 500 km.

      En rumbo a esa estación me dí cuenta que debía corregir más a la izquierda, pues tenía la posibilidad de llegar hasta Curuzú Cuatiá. Enganché un suave 20 centímetros y me dejé desplazar por el viento. A 1.100 metros se terminó la ascendente y puse rumbo a Curuzú Cuatiá. Suaves golpes térmicos los iba aprovechando en veliplaneo y el "Tigre" respondía como velero en un lago. Tenía todavía 900 metros, cuando llegaba a Curuzú Cuatiá. Pensé que una térmica más me podía llevar sin perder altura más allá del aeródromo y todavía tendría alguna posibilidad de llegar a destino. Así enganché otra ascendente de menos de medio metro y me mantuve con ella afinando el lápiz hasta que me llevó a 1.000 metros nuevamente. Ya el aire era laminar, y los cúmulus habían desaparecido totalmente. En la carta estaba marcada una pista a unos 20 km al norte de Curuzú Cuatiá y decidí tratar de llegar allí con toda la altura, pues con esto me aseguraba el planeo final hasta el destino. Tenía 1.050 metros cuando pasaba virando un cero sobre la estancia y poco después una leve vibración y característico ¡Iooóooj! del variómetro eléctrico me indicó que la última térmica se había enfriado. Me quedaban 42 km de planeo final y tenía 1.000 metros de altura. El "SH" lograba 1:36 a 105 km/h, y calculé un viento de cola de 15 km/h. Era evidente que alcanzaría el destino con un poco de margen. Puse el rumbo correcto y empezó un lento y largo planeo hacia el final de un récord. Suaves ascendentes me permitían tirar la palanca atrás y ascender unos preciosos metros, el veliplaneo se prolongaba y el variómetro marcaba poco más de medio metro de descenso. El sol, ya pálido iba bajando a mi izquierda, y una sombra brillante se recortaba en el suelo a mi derecha. Tembladerales y bosques de palmeras, tierra roja y el vaho de las ciénagas era el paisaje que veía alrededor. Una mancha oscura y boscosa se recortaba en el horizonte por la proa, y ya con 600 metros pude distinguir una gran franja clara que me hizo suponer que era la ansiada meta. Ya con 400 metros me asaltó la duda de que la franja que veía no fuera la pista. Revisé la carta aérea y las conformaciones del terreno, la línea de la ruta que se acercaba a mi izquierda, la estación que había pasado hacía unos momentos a unos 5 km a la izquierda. Todo coincidía en que la pista debía ser esa mancha blanca que tenía justo en proa. Ya con 300 metros pude distinguirla mejor y también a tres tractores y un camión trabajando en ella. Vi el hangar, la torre, la plataforma con obstáculos. Pensé en aterrizar al lado del hangar y en plataforma, pero ya había arriesgado demasiado, para cometer una tontería al final de un buen vuelo.

      Sobrevolé la pista en construcción y distinguí una franja de 400 metros libres. Piqué a ras del suelo para ver obstáculos y de inmediato el camión y las máquinas se apartaron dejando libre el paso. Viré al final sobre las instalaciones del Escuadrón de Caballería Blindada y el "¡clac!" del tren hizo penetrar una corriente de aire fresco al fuselaje. Medio freno afuera, centro de la calle y el "SH" que se posa suavemente en el compactado de la pista. Sigue el carreteo hasta el cruce y una vez quieto, el ala izquierda se posa como descansando de un largo viaje.

      El viento en superficie era suave y cálido, la tierra roja, el verde era profundo en los árboles del pueblo cercano. Las ondulaciones de un paisaje teñido de rojo por el sol que ya se ocultaba, fueron la última imagen de un volovelista que daba por cumplido un hermoso sueño.

      Luego el trajín de llevar el "Tigre" al abrigo del hangar del Aero Club, la atención de toda la gente que siempre es amable para el piloto, el mate criollo que se brinda al extraño, la primera historia del vuelo que no todo todavía se recuerda, el viaje a una ciudad hermosa, perdida en el corazón de una provincia argentina, el hastío de un domingo perdido en espera del remolque, un amanecer frío de un lunes, el ronroneo del "Stearman", los saludos de Perissinoto que es el preludio de las interminables felicitaciones de todos los camaradas, el remolque hasta Monte Caseros, el enganche en doble con Macarrón que había llegado a ese aeródromo, el largo y tedioso camino de regreso a casa, orillando el hermoso paisaje de ambas orillas del Río Uruguay, escenario lujurioso de colores brillantes y pálidos. Esta es la otra historia que no se cuenta y que es parte importante del placer del vuelo deportivo puro. Más allá del récord, está ese antiguo molino de viento, que en remedo del Quijote emprendemos lanza en ristre, para vencer nuestro propio miedo a lo desconocido y sentirnos más fuertes ante los peligros de nuestra querida enemiga, la naturaleza física.


  • Este vuelo fue realizado el 21 de enero de 1967, han transcurrido casi 50 años, y este vuelo récord aun sigue vigente.


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    Junín - Bs. As. - Argentina